Caleta
Aria trabaja de noche en un televisor casero para su madre enferma. Pero la vida tranquila de un barrio popular de Aldaia tiene los días contados.
Una última vuelta y… el tornillo se termina de ajustar. El transistor se ilumina. La electricidad hace vibrar el circuito. Donde debería estar la pantalla, solo hay metal desnudo.
En teoría es un televisor, aunque parece un libro metálico. Mi madre vio uno hace un mes en un escaparate de la Avenida de los Lirios e intento fabricar uno reutilizando piezas de la tienda. Algunas he tenido que encargarlas y todavía no sé cómo vamos a pagarlas…
Necesito un cable fino. Miro alrededor…
Mi habitación parece una extensión del taller, excepto por las paredes rosa y la estrecha cama contra una de ellas. Los cajones rezuman cables y tornillos, el escritorio es una zona franca en medio de invenciones abandonadas y en las estanterías, esquivando libros y algún juguete de mi infancia, se apilan piezas que cualquiera calificaría de chatarra.
De pronto oigo un estruendo. El corazón me da un vuelco. Dejo lo que tengo entre las manos y me precipito a la cocina.
El apartamento es pequeño, así que en cinco zancadas atravieso el pasillo y me encuentro delante del horno. Mi madre está agachada, recogiendo trozos de porcelana. Parece que una de las fuentes de ensalada estalló contra el suelo.
Las manos de mamá están temblando violentamente, lo que debe haber ocasionado el accidente.
―¿Te has hecho daño? ―me preocupo, intentando examinarla.
―No, no ―responde algo aturullada― Estaba recogiendo.
Sí, parece que no tiene nada, pero más vale que no juegue con los trozos ahora.
―Ya lo limpio yo, mamá ―le digo, dándome prisa en hacer un primer montón de pedacitos.
―No sé qué pasó, yo lo tenía bien agarrado…
Ante su mirada de pena reprimo mi regaño. Algo así como “no deberías hacer eso en tu estado” y en lugar de eso digo:
―Estaba mojado. Habrá resbalado.