Vivianne Cabanal
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La inspiración detrás de Netha

Petroglifos saharauis, ciudades subterráneas turcas y un desierto que alguna vez fue un mar: las raíces reales de la ciudad olvidada bajo la arena.

Un desierto que recuerda el agua

En el desierto de Amira, los personajes descubren petroglifos en las paredes de una cueva. Los dibujos muestran algo imposible: un lago, barcos, peces enormes - incluso ballenas. Un mundo acuático donde hoy solo hay arena.

Esto no es fantasía. Es historia real.

La imagen del desierto donde viven los petroglifos viene de Wadi Rum (Jordania) - ese paisaje de arenisca roja donde las rocas llevan grabados nabateos y tamúdicos de hace miles de años. Un lugar que parece otro planeta pero que alguna vez fue un cruce de caminos entre civilizaciones. La primera vez que vi fotos de los petroglifos de Wadi Rum - figuras humanas, camellos, escenas de caza talladas en paredes de roca en medio de la nada - supe que Amira tenía que guardar algo así.

Pero los dibujos que encuentran los personajes no muestran camellos: muestran barcos, peces, un lago. Ahí entra la segunda referencia: el Tassili n’Ajjer, una meseta del Sáhara argelino donde existen miles de pinturas rupestres que datan de entre 8.000 y 1.500 años antes de nuestra era. Muestran ríos, hipopótamos, canoas y escenas de pesca. El Sáhara fue verde. Tuvo lagos. La gente navegaba donde hoy mueren de sed las caravanas.

Esa mezcla - el paisaje mineral de Wadi Rum y la memoria acuática del Tassili - es el corazón de la mitología de Gálata. El desierto de Amira no siempre fue un desierto. Y lo que se hundió bajo la arena no desapareció: solo se escondió.

Una ciudad excavada en roca

Netha existe bajo tierra. Es un laberinto de túneles, cámaras y conductos de ventilación tallados en la roca a lo largo de miles de años. Los animales viven en los niveles superiores. Los túneles de acceso son estrechos a propósito: si un enemigo intenta entrar, debe abandonar sus armas y avanzar de uno en uno.

Su modelo real es Derinkuyu, en Capadocia (Turquía): una ciudad subterránea de al menos 18 pisos de profundidad que albergaba a 20.000 personas. Tenía establos, iglesias, almacenes y un sistema de ventilación ingenioso. Los túneles de acceso eran tan angostos que un solo defensor podía bloquear el paso. Se usó durante siglos como refugio contra invasiones.

El cañón de acceso

Para llegar a Netha, los personajes descienden por un cañón empinado hasta una entrada oculta en la pared de roca. Aquí la referencia es doble: Petra (Jordania), con su famoso Siq - el estrecho desfiladero que desemboca en el Tesoro - y las viviendas trogloditas de Matmata (Túnez), excavadas en el suelo del desierto norteafricano, invisibles desde la superficie.

El conducto vertical

Uno de los detalles que más me gustó construir es el gran conducto vertical de Netha: un pozo que atraviesa todos los niveles, con ventanas a cada piso, y que sirve simultáneamente de ventilación, comunicación y fuente de luz. Vidrios en la superficie captan la luz solar y la canalizan hacia abajo.

En Derinkuyu, los conductos de ventilación llegaban a 85 metros de profundidad. En Netha, la magia del Agua complementa la ingeniería: la ciudad respira porque alguien, hace siglos, la diseñó para respirar.

Un pueblo que se niega a desaparecer

Lo que más me conmovía de Derinkuyu no era la ingeniería: era la obstinación. Generaciones y generaciones tallando roca con las manos para construir un hogar que nadie pudiera arrebatarles. Los nethanos de la novela heredan esa misma terquedad: llevan miles de años bajo la arena, olvidados por el mundo, y siguen ahí. Vivos. Esperando.